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¿Catedrales del vino o chiringuitos enoturísticos?

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Manuel Romero

Desde hace algunos años se viene hablando de las denominadas Catedrales del Vino para referirse a las nuevas bodegas que han irrumpido en nuestros pueblos y zonas vitivinícolas, invesiones millonarias encargadas con carácter general a los arquitectos más prestigiosos del mundo con el objetivo de crear un espacio privilegiado para la producción de vino y para la actividad social de la bodega y en otros casos convertir a estos edificios en el buque insignia de la misma .

Se ha adoptado el término Catedral del Vino para referirse a ellas pensando que se trata de obras grandiosas del hombre. Si pensamos en su tamaño, impacto paisajístico e inversión, esta circunstancia está fuera de toda duda, pero creemos que este término es excesivo para muchas de ellas, porque desde nuestro punto de vista, distan mucho de convertirse en una obra de arte.

Entendemos que se puede hablar de una Catedral del Vino cuando el edificio de la bodega se integra perfectamente en su entorno y se han creado con las condiciones de idoneidad para la producción de vino (Aprovechamiento de la gravedad, creación de las condiciones idóneas para la elaboración y crianza de los vinos, facilidades para la producción, etc…) y para el uso social y turístico de la bodega (apertura al público, posibilidad de ser visitada la bodega, conociendo los procesos de elaboración, desarrollo de determinadas actividades turísticas complementarias, etc….) y todo ello convive a la perfección en un mismo espacio coherente y armónicamente.

Si adoptamos esta terminología, no podemos aceptar que son Catedrales del Vino todas las bodegas españolas de nueva arquitectura que se han construido en las dos últimas décadas. Y lo decimos con conocimiento de causa porque hemos visitado casi todas las bodegas de España y hemos visto errores de bulto, no sabemos si atribuibles al arquitecto o bien a la propiedad que no sabemos hasta qué punto especificó todos los usos previstos de la bodega en su encargo al afamado arquitecto.

Podríamos destacar algunos que a buen seguro les sorprenderán:

  • Ausencia de espacios esenciales para la actividad turística y social de la bodega, como un aparcamiento, una tienda, zonas de degustación o zonas de espera de las personas que llegan o se van del edificio.
  • Espacios diseñados para no se sabe qué (“Bueno, ya veremos qué hacemos aquí….”)
  • Zonas de degustación alejadas de la tienda.
  • Escaso aprovechamiento de los paisajes y viñedos que las rodean.
  • Ausencia de itinerarios previstos para las visitas y pare el propio uso social del edificio.
  • Espacios diáfanos, donde todo gira en torno al almacén (espacio menos atractivo de la bodega, con diferencia) .
  • Tienda y zona de degustación ubicadas en el almacén donde podemos escuchar  el magnífico sonido de las carretillas elevadoras.
  • Escaleras, escaleras y escaleras e innumerables barreras para la actividad turística.
  • Espacios destinados a contemplar las antenas de los operadores de telefonía móvil.
  • Espacios no seguros para el uso turístico (destacar también que no existe legislación al respecto en ninguna Comunidad Autónoma)
  • Magníficas cristaleras para contemplar el cementerio del municipio. Sí, has leído bien.
  •  Tiendas con mostradores que suponen una barrera para el consumidor.
  • Ausencia de elementos decorativos y / o interpretativos.
  • Zonas de degustacíón sin luz natural.

 Si además sumamos otros errores propios de la gestión enoturística:

  • Bodegas abiertas al público sin tener definida una estrategia.
  • Estrategias enoturísticas no coherentes con la estrategia global de la bodega.
  • Ausencia de criterios de gestión en la faceta enoturística, que es otro negocio muy diferente al relativo al producción.
  • Estrategias basadas única y exclusivamente en el edificio y/o arquitecto, adoptando poses de prepotencia frente a personas interesadas en el mundo del vino e incluso el propio vino de la bodega.
  • Frialdad en el servicio y “maltrato” del turista.
  • Escasa atención personalizada.
  • Desmotivación del personal de la bodega hacia esta actividad.
  • Precios abusivos de los servicios, no acordes al valor aportado al cliente.
  • Bombardeo comercial de la marca, cuando la venta de vino en consecuencia de una interesante experiencia turística.
  • Escasa cooperación e integración en las Rutas del Vino y otras iniciativas enoturísticas del destino.
  •  “Por favor, dense prisa que tenemos otro grupo en 10 minutos…”.
  • “Para probar este vino, debe comprar una botella…”.

Desde luego, está cambiando nuestra percepción sobre muchos vinos, a los que ya ponemos cara, ojos, … Y nos dejan de gustar, invitándonos a descubrir otras bodegas donde lo que descubrimos es pasión, cuidado, detalle y atención exquisita.

Estos y otro bueno número de errores que no enumeramos por no extendernos, nos invitan a reflexionar si algunas de las bodegas abiertas al público en las dos últimas décadas son Catedrales del Vino o Chiringuitos Enoturísticos. Con todo respeto hacia los chiringuitos, que en muchos casos ofrecen un producto de extraordinaria calidad con una humilde inversión y un entrañable esfuerzo y rigor profesional.

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